lunes, 31 de octubre de 2011

"Las Cuevas" Froylán Mier Narro

El espíritu de los pueblos se forma por sus costumbres y por el medio
en que ellos viven, y se transmite de generación en generación, con
las leyendas, los cuentos, las historias y los recuerdos personales que
forman, a veces, el sabroso tema de conversación de los ancianos.
En una de esas delicadas pláticas de sucesos de antaño tuve
ocasión de escuchar el relato siguiente:
“Desde antes, mucho antes de que todos los que están aquí
nacieran, se ha venido festejando año tras año en el mes de agosto
la función religiosa de ‘Las Cuevas’, dedicada a la Santa Cruz,
como propicia devoción para traer bonanza en las cosechas y
ventura y paz a los hogares. En esa fiesta, como en todas las de
su clase, nunca han faltado las danzas de matachines, los puestos
de fritangas, y frutas regionales, los teñidos de cañas y ‘ruidos de
uña’ (cacahuates), las tinajas de atole blanco y champurrado, los
carcamanes, las perinolas, las loterías de baratijas, la ‘chuza’ y hasta
los expendios de curado. La cucaña o palo ensebado, los cohetes
y corredores y tradicionales árboles de pólvora, han completado
siempre lo típico de la festividad, para la cual se forma una verdadera
romería, sin embargo de que ‘Las Cuevas’ están situadas
aproximadamente a dos kilómetros del centro de Saltillo hacia el
Sureste en la prolongación de la calle de Las maravillas, después
Netzahualcóyotl ahora de Obregón”.
Como ustedes saben, ya esta festividad no se celebra con el
esplendor y el entusiasmo de antes, y voy a contarles lo que hace
muchos años sucedió en una de ellas.
Como era costumbre, los preparativos para la festividad se
empezaban a hacer desde las primeras horas de la mañana. Las
familias se reunían para formar los famosos días de campo en
guayines de alquiler o vehículos particulares.
Las Cuevas
Froylán Mier Narro
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Cada familia cargaba con sus canastas llenas de provisiones,
algunas mantas y almohadones para sentarse y descansar bajo las
sombras de los árboles de las huertas cercanas o en los barrancos
del arroyo que está a pocos metros del lugar de la función.
Aquella vez, la fiesta se vio un poco desanimada debido a que
después de mediodía se empezaban a formar negros nubarrones que
al fin desataron en fuerte lluvia, obligando a los vendedores a recoger
sus puestos y guarecerse en las humildes casuchas del rumbo.
Muchos se quedaron afuera, recibiendo el chaparrón ya debajo
de los guayines o a campo raso. Cacahuates, cañas, naranjas y
muchas otras cosas cuyos dueños no habían podido recoger a
tiempo, fueron arrastradas por la avenida.
Los truenos y los rayos, deslumbrantes unos y ensordecedores
y crispantes otros, formaban un ambiente de tragedia, pues
se sucedían con pequeños intervalos, y el eco retumbante de los
primeros en los cerros cercanos juntamente con el aguacero que se
transformaba en tormenta, hacía el espectáculo más espantoso.
Las mujeres devotas rezaban de rodillas, implorando al Creador,
para que hiciera cesar la tempestad. Por doquiera se veían
caras con palidez de espanto y se confundían los gritos y lloros
de los niños con estruendo retumbante de las descargas eléctricas.
Nadie osaba moverse de su lugar para no ser arrastrado por las
lodosas aguas que aumentaban constantemente. De pronto, empezó
a oírse un sordo ruido que momentos después se convirtió
en un ruido ensordecedor. Estaba bajando ya la avenida por el
arroyo de las barrancas en cantidad extraordinaria.
Ya cerca del oscurecer, aminoró la lluvia, mientras la gente
recobraba la tranquilidad, y precipitadas y rugientes, aumentaban
las turbias aguas del arroyo que ya en muchos lugares
amenazaba desbordarse.
La mayoría de los asistentes a la función se acercaron al arroyo
para ver el imponente espectáculo de la avenida. De pronto se escuchó
un grito unánime de la multitud. Acababan de ver un enorme
tronco de árbol arrastrado por la impetuosa corriente y aferrada
a sus ramas y con un niño amarrado a la espalda, con el rebozo,
una pobre mujer que ya casi sin fuerzas, pedía socorro.
Aquel doloroso cuadro conmovió hondamente a don Tiburcio
Martínez, quien subiendo rápidamente en su caballo y desamarrando
su reata, salió en vertiginosa carrera por el camino de la
Fundición, corrió casi desbocado hasta el callejón del “Chivo”,
y fue a pararse sobre el puente recién construido del ferrocarril
Coahuila y Zacatecas, arrojó la reata, lazó el árbol en que iba la
infeliz mujer con su hijo a cuestas, logrando detenerlo. Desmontó,
se hizo a la orilla, enredando la reata a un poste del puente para
tirar con más fuerza, sacó a la mujer, ya casi desmayada, con el
chiquitín atado a la espalda.
Aquel acto heroico de don Tiburcio se extendió por la población
y los alrededores, suscitando admiración y alabanzas, y más
cuando se supo que la mujer salvada de la impetuosa corriente
era la esposa de Santos Martínez, hermano de don Tiburcio, y
quiso la Providencia, según decían las gentes, que su cuñado la
salvara para unir nuevamente a aquellos hermanos, que por
viejas rencillas de familia hacía mucho tiempo que ni siquiera
se saludaban.
No hace más de cuarenta años de estos hechos. Es posible
que aquel niño viva en algún lugar de la tierra y no conozca la
historia del hecho por el cual se encuentra actualmente entre los
que llevamos a cuestas la cruz de estos tiempos.
Y como dato curioso de esta verídica narración, que muchos
han de conocer en Saltillo, terminaré diciéndoles que un arriero,
aquella misma noche, se encontró en un lugar cercano a “Las
Cuevas”, varias cajas duraznos, y dijo celebrando el hallazgo:
Por eso es bueno que llueva,
para cosechar duraznos,
y conducirlos en asnos
de la Fundición a la Cueva.

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